Estaba tiritando de frío sujetando con fuerza la suave y acolchada toalla que tenía sobre los hombros, para evitar que su cabello siguiera goteando sobre la enorme camisa color verde oscuro que el escritor le había prestado para que tuviese ropa seca y no se enfermara. Su ropa estaba en la secadora, junto con la de Tom.
El escritor, en ese instante, estaba en la cocina, preparando café para poder ofrecerle a su invitado, quien se abrazaba a sí mismo y aspiraba el aroma a suavizante que se desprendía de la tela mullida que estaba cobijándole.
Veía el departamento de Tom y lo sentía, a pesar de ser espacioso, tan pequeño y claustrofóbico que inmediatamente dejó de agradarle… no había mucha decoración, tampoco. Podía ver las paredes blancas y la mesa de centro vacía, sin ningún adorno que le diese vida al lugar. También se podían apreciar montones de hojas arrugadas desperdigadas a lo largo de toda la habitación.
Pero por respeto a la privacidad del escritor, contuvo el impulso de doblarse y recoger alguna de esas hojas para leer su contenido. No creía que aquellas hojas contuviesen información realmente importante si estaban en el suelo y eran consideradas basura por su dueño.
Sólo había una fotografía en todo el departamento, y estaba de espalda, se podía apreciar la parte trasera del portarretratos y la foto estaba oculta, encarando la pared, para que nadie más la viera. Tampoco se atrevió a ver la foto… sus motivos debía de tener el escritor para no querer observar aquello.
El camino a casa de Tom había sido silencioso, avanzaron aún bajo la lluvia que seguía cayendo fuera, un poco más fuerte que antes. Se sintió un poco confundido mientras seguía los pasos del otro hombre.
Pero estaba dispuesto a continuar, quería enterarse de aquel enorme misterio que iba a resolver muchas dudas. Algo en su interior le suplicaba que continuara con Tom, que quizás él podía convertir aquel cascarón humano en una persona que aprendiera a vivir y sentir, más que a simplemente existir, como actualmente ocurría.
Se apretó más dentro de la prenda que Tom le había prestado, la ropa desprendía un olor a limpio que le tranquilizaba. Recorrió con sus expresivos ojos castaños, una vez más, la habitación en que se encontraba, queriendo encontrar algún trazo de vida, luz y color en aquella habitación que a pesar de ser color crema, parecía tan gris que daba la apariencia de ser una cárcel emocional.
Prefirió sentarse antes de permitir que la tentación de leer algo o ver fotos que no estaban para ser apreciadas le ganara.
Apoyó su espalda en el respaldo del mullido sofá y dejó escapar un suspiro de alivio; estaba cansado y ni siquiera parecía haberse dado cuenta, debido a todo lo que estaba analizando y que apartaba su mente de la pesadez de todo su cuerpo.
Cerró los ojos y se permitió relajarse, absorbiendo el silencio adormecedor que parecía rodearle.
—El café está listo —alcanzó a escuchar, pero no abrió los ojos.
Estaba adormilado y su cuerpo se rehusaba a cooperar cumpliendo la orden que su cerebro estaba enviando de despertarse, y en esa ocasión ni el delicioso aroma que desprendía el caliente brebaje que estaba cerca de él fue capaz de actuar para hacerlo despertar adecuadamente.
Sólo movió un poco la cabeza, pero su cabeceo sólo hizo sonreír a Tom.
El escritor estaba maravillado de la facilidad con que estaba aceptando la presencia del profesor en su departamento, de lo mucho que le gustaba observarle fijamente y verlo casi perderse entre los cojines de su sofá.
La toalla seguía sobre sus hombros, conteniendo la humedad de su cabello de traspasarse a la camisa que él le había dado.
Era aquella camisa que hacía mucho no usaba, que la había lavado un día después de encontrarla sobre su cama con el perfume de aquella persona a quien quería olvidar y que se había marchado llevándose sus ilusiones dentro de sus maletas, junto con el resto de sus pertenencias.
Se acercó lo suficiente para depositar las dos tazas de café sobre la mesa de centro y cubrir a medias el cuerpo largo y esbelto del profesor con una manta que había doblada en el sillón; era una costumbre que ella le había inculcado y que iba a estar para siempre con él.
—Estoy despierto —susurró Bill—. Sólo que un poco cansado. Leer más »
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