“La sombra de la Porcelana” By Cosette -One Shot

Él estaba ahí, frente a mí, de nuevo, como si nada de esto hubiera pasado, y su semblante solo expresaba terror y tristeza a la vez, desesperación y necesidad: me extrañaba tanto como yo y eso me dolía más cada segundo. Debía haber una forma para que pudiera ir a buscarlo, rescatarlo y tenerlo a mi lado de nuevo, sacar esa expresión de miedo de su rostro. Mi hermanito, ¿Cómo pude dejar que esto te pasara? Yo debería haberte cuidado como vos me cuidaste a mí, con el mismo cuidado y ternura ¿Cómo pude fallarte tanto, de esta manera tan horrible? Esto no tenía vuelta atrás. Te amaba, ¿por qué herirme así? ¿Es esto un castigo de tu parte? ¿Qué te hice? No fue a propósito, lo juro. Yo solo… no me di cuenta si es que te decepcioné. ¿No? ¿No fue eso? Obvio que no, esto no fue tu culpa. No te suicidaste, yo sé que no. Jamás habría sido tan ciego para no sentir algo negativo de tu parte, algo que te llevara a no tener otra opción… no querías morir… a menos que me lo ocultaras. ¿No era yo una razón suficiente como para que soportaras la vida? ¿Cómo te puedo pedir perdón? ¿Cómo puedo recompensarte por mi desliz? Una rosa roja en tu tumba no sirve de nada… ¿Para qué las querrías?

Estiré mi mano hacia él, quién hizo lo mismo a la vez y tocamos nuestros dedos para después apoyar la palma de la mano en la del otro. Sus manos eran iguales a las mías, idénticas… pero algo había en sus dedos que no cerraba, algo que no pude descifrar en el momento. Una lágrima calló por mi mejilla y ví, en su rostro, una gota caer a su vez. Suspiró y miró hacia abajo, sacándome la mirada cuando yo ya no pude soportarlo más.

Un espejo… un puto espejo. Mi rostro me perseguiría por siempre, su rostro. Nunca podría sobrevivir sin él, nunca, sin importar lo que intentara, sería inútil. Recordaría que algo me falta, como si el vacío que sentía en mi cuerpo no fuera suficiente. Su imagen me embrujaría desde hoy hasta que muriera, hasta que lo acompañara.

—  Hasta que lo acompañara.—  Repetí en mi cabeza. No tenía porque sentirme culpable ni incompleto. Fuera donde fuera que él estuviera, yo lo acompañaría, sin dudar. Podía hacerlo, yo sé que podía: por él, solamente. Ahora, ¿Cómo?

Sentí un escalofrío en la espalda y algo se movió detrás de mí: era él, reconocía sus largas rastas. Giré para encontrarme con él, yo sabía que lo era, no tenía dudas. No estaba, no estaba.

De pronto, cuando aun esperaba la aparición de mi hermano, un ruido insoportable llegó a mis oídos. Me los tapé con las palmas, volví la cabeza al espejo, de donde provenía el ruido y retrocedí: mi nombre aparecía lentamente sobre el vidrio, donde se reflejaba mi imagen, como si fuera raspado con una piedra y, debajo de este, de la misma forma que mi nombre, aparecieron, de a poco, la palabra: Hacelo.

Me desesperé.

—  ¿Cómo? ¡Decime cómo!—  Grité a mi alrededor.

¡Crack!

Volví a mirar el espejo y lo descubrí quebrado, destrozado: mi imagen aparecía distorsionada y fragmentada en cada uno de los pedazos que se habían salvado intactos pero pequeños en su lugar. El espacio en el que mi nombre había sido tallado, estaba totalmente vacío, la madera que sostenía el vidrio estaba igual de atravesada, mostrando su impresión con una claridad aterrorizante. La mesada que se encontraba debajo, donde estaban los maquillajes y algunas piezas de joyería, estaban cubiertas por vidrios. En el centro de esta, un gran trozo de vidrio, mortalmente filoso que apuntaba, con la punta más larga, a una foto nuestra de hacía unos pocos meses. La miré con curiosidad, esperando alguna otra señal, la que fuera. Y apareció.

De nuevo el sonido chirriante e insoportable que me obligó a taparme los oídos pero no saqué la vista, ni parpadeé. La raya cruzó violentamente la parte superior de la fotografía, hasta pasar por arriba de su cuello… el quiebre siguió hasta cortar mi cuello también: él quería que yo me hiciera lo mismo que él: un corte en la garganta, limpio, imposible de arreglar. Me había quedado de piedra, temblando. Recogí el vidrio roto y lo deslicé por uno de mis dedos. No sentí dolor, sino frío, era casi placentero. La sangre brotó manchando el vidrio y mi mano, cayendo al piso y goteando en mis zapatos. Esta era la única solución, pensé: esperame, estoy a punto de ir.

Volví la vista a donde solía estar mi espejo y solo pude pensar en lo que pasaría, imaginarme la cara de mi madre al ver que yo también me había ido. No podía hacerle esto, ella me necesitaba y no podía permitir que esto acabara conmigo: podía sobrevivir, eso habría querido él en realidad.

—  No puedo.—  Me dije a mi mismo, en voz baja. No podría explicarlo pero, en ese preciso momento, el mundo se volvió mudo. Algo había pasado, algo extraño, que había provocado una pausa en el tiempo, o eso es lo que sentí: los autos no pasaban, el viento no soplaba, todo ser vivo que estaba afuera se deslizaba de manera silenciosa e imperceptible. O, tal vez, los alrededores estaban así de calmos desde hacía mucho pero yo no había prestado atención. Cerré los ojos.

Los abrí con miedo cuando algo explotó. Juraría que una bala había atravesado una copa de agua apoyada en la mesa de luz, al lado de la cama. Se había quebrado en mil pedazos, como si hubiera caído al piso, como si la hubiera tirado… Tuve que taparme nuevamente los oídos y esquivar cosas que volaban, porque una sucesión de destrozos siguió a esa: las cosas cayeron de sus lugares y muchas se rompieron, las puertas del armario abrían y cerraban, igual que algunos libros y Dvds, botellas de vidrio que teníamos mi hermano y yo como suvenir de distintas bebidas y frascos de maquillaje o joyería, todo esto haciendo un ruido insoportable, interminable e insufrible. La luz titiló y titiló, y la persiana cayó hasta no permitir entrar ningún rayo de sol. Mi nombre tallado en la madera del espejo empezó a sangrar, letra por letra, como si alguien lo tallara con una uña y se hubiera roto. Esta orquesta de ruidos atrajo la atención de mi madre, que me esperaba abajo para ir al funeral de mi hermano junto a mi padrastro, otros familiares y amigos. La oí subir la escalera a pesar del alto ruido que salía de mi habitación. Golpeó la puerta, algo desesperada, llamándome. Yo no sabía como hacer para que no entrara. No lo conseguí, porque logró derrumbar la puerta y, oportunamente, la bombilla de luz explotó, dejando la habitación totalmente a oscuras.

—  ¿Estás bien?—  Preguntó la voz de mi madre, quien no podría soportar otro golpe, menos tan seguidos.

—  Sí, mamá.—  Dije, intentando calmarla con un tono de voz bajo. Apoyé las manos en lo que tenía cerca para poder caminar entre la oscuridad, pero no fue necesario; la luz volvió. Y la habitación estaba en orden: las puertas del armario cerradas, las cosas en sus lugares, la copa en el mismo lugar de siempre y llena de agua, la cortina levantada… Y el vidrio completo, sin rajaduras, como si nadie ni nada lo hubiera perturbado.

—  ¿Qué pasó?—  Mi mamá se acercó a mí, preocupada por el efecto que todo esto podría tener en mí, y me tomó de ambos brazos. Palideció al verme, seguramente por ser tan parecido a él.

—  Nada, solo…

—  Está bien, no importa…—  me interrumpió. A ella también le costaría verme. Estaba casi tan destrozada como yo y aun tenia los ojos colorados.—  Salimos en media hora, ¿Sí?

Asentí y ella salió de la habitación, no sin antes mirar al rededor, buscando algún destrozo o cualquier cosa que demostrara haber sido tratada con violencia, pero no había nada. Cerró la puerta tras de sí y yo me volví al espejo. Miré mi rostro y noté que ya no tenía la cara tan enrojecida por las lágrimas, que ya podía arreglarme. Solo tenía media hora, así que debería apurarme.

Me senté frente a los maquillajes y rebusqué, algo confuso. No sabía bien donde empezar. Tomé la base en crema y me cubrí con ella, tratando de emparejar los colores de mi piel, mientras mis ojos no se despegaban de mi reflejo. Estaba tan muerto como él, eso es lo que expresaban mis ojos. Cuando estuvo hecho, saqué una sombra de ojos y pibté todo al rededor de ellos. No quería agregarle ningún color, además de que no tenía tantas ganas de maquillarme. No había mucho más que hacer. Mi pelo aun era imposible de arreglar, tendría que dejar pasar algunos días, me dejaría las rastas un tiempo más hasta poder cambiarme el peinado. Ahora no tenía tiempo para experimentar.

Me tomé algo de tiempo en elegir la ropa: no quería parecer desprolijo en el funeral. Tomé una pulsera de cadenas grandes plateada y noté algo que llamó mi atención: una uña rota sobre una cajita. Tenía una base en negro y la punta en blanco. Estaba ensangrentada, como si se hubiera doblado y roto en un dedo, haciendo que cayera. La miré con curiosidad, sin saber que pensar, mi mente se había puesto en blanco. Miré mis uñas, luego de unos segundos: estaban sin pintar. No tendría tiempo, pero de todas formas las arreglaría. Busqué el esmalte negro y empecé a pasarlo sobre mi uña. Quedaron algunas manchas al rededor, pero nada grave, cuando se secaran, se podrían sacar raspándolas. Me miré al espejo por última vez; tomé el aro de la ceja y me lo puse con algo de dificultad.

Miré a mi alrededor. Ya estaba listo para salir, pero no quería, ya que esto significaría el tener que enfrentar la verdad, enfrentar a la situación. Sabía que él no estaba, pero igual había esperanza en mi mente de que estuviera dormido o que yo, como en una película de terror, fuera el que estaba muriendo o muerto, no él. Mi vista se topó con unos colgantes y tomé dos, uno que caía cerca del pecho y una más corta, que solo rodeaba el cuello: también me puse dos anillos. No pude evitar notar que mis dedos eran tan diferentes a los suyos, a pesar de que en realidad eran casi iguales. Me lamenté que mis uñas no quedaran prolijas, pero ya no tenía tiempo, tenía que bajar. Me negué volver a mirarme al espejo con la certeza de que me quebraría y ya no podría soportar la situación.

Y así salí de mi habitación, encorvado y tambaleándome por las botas pero pronto pude recuperar bien el equilibrio y caminar normalmente, aunque sin poder corregir la postura. Bajé las escaleras lentamente, tanto por los ánimos, como por mi calzado, y noté el silencio que reinaba la habitación de abajo, a pesar de que estuviera lleno de gente. ¿Lo harían por mí? ¿por mi madre? ¿o realmente no tenían nada que decirse? No me importaba mucho la respuesta y, de todos modos, no pude comprobarlo.

Llegué al final de la escalera y noté como todas las miradas del comedor me observaban sorprendidos y algunas, hasta aterradas. Como si vieran un fantasma. Yo parecía un fantasma. Su fantasma. En el espejo que colgaba al lado de la puerta, frente al principio de la escalera, mostraba a mi hermanito, parado como un zombi, sin expresión ni color en su piel. Pero no era su cara, era la mía; a pesar de ser gemelos, podía diferenciarnos, teníamos distinto contorno de cara. Yo estaba sangrando. Él realmente estaba detrás de mí, lo veía, mirándome a mí, no a su reflejo, y sentía su presencia a mi lado, pero no su respiración en mi oído.

Ni bien nuestra madre nos vió, se largo a llorar desesperada y me pidió que no le hiciera esto, que la hería terriblemente. No llegué a entender que quiso decirme, al menos no en el momento. Los demás fueron más comprensivos y solo me ignoraron, aunque noté que volvían los ojos a mí, esperando algo, una reacción precipitada, brusca, inesperada. Mi padrastro me trajo un algodón con alcohol y lo apoyó en mi ceja derecha, no pensé en la razón de eso pero sí vi, cuando retiraba el algodón, que estaba ensangrentado. El agujerito de mi piercing sangraba, tal vez por forzarlo; no lo había notado, ni siquiera me dolía.

A pesar de la escena traumante que sufrió mi familia y amistades, partimos al funeral. No me permitieron conducir mi auto y me hicieron entrar al asiento de atrás. Nadie me habló e intentaban no mirarme, pero sabía que me observaban de reojo. Mi hermano no me dejó. ÉL estaba dentro de mí. Lo sentía.

(…)

Me acerqué al ataúd de mi hermano con un nudo en la garganta, el estómago y el corazón, además del vacío en el pecho. Las lágrimas empezaron a caer ni bien me levanté de mi asiento, pero pararon cuando lo vi. Fue como un shock verlo de esa manera. No puedo explicar lo que sentí, solo que el mundo me pareció desaparecer. Si él no estaba, el resto del universo tampoco. Y, sin embargo, ahí estábamos todos, él, el universo…

Me acerqué a él, quien descansaba sobre una tela roja dentro de su ataúd. Su piel de porcelana relucía, pálida, hermosa. Un muñeco. Sus ojos pintados, sus pestañas arqueadas, su negro pelo en melena, con una campera negra sobre una remera blanca, sus manos extendidas a sus costados…

Bill seguía tan hermoso como siempre, estuviera vivo o no, alegre o no. Al menos él no llegaría a envejecer, no llegaría a temer la caída de su pelo, o las canas; tampoco las arrugas ni ningún otro signo de la edad. Se mantendría perfecto y escultural, hermoso y delicado. Hecho de mármol, de… porcelana. Podría mirarlo por horas como solía hacer cuando se movía de un lado a otro. Aun dormido era tan inquieto y, ahora… ahora nada. Ningún ademán, ningún… movimiento. Nada.

Y, en ese momento, analizando su rostro, su cuello, sus manos, lo vi: en su mano derecha, en el dedo índice, tenía la uña rota. Incluso pude ver que tenía una poca cantidad de sangre coagulada en la punta de su dedo. Pareciera que se había arrancado la uña, como si hubiera rasguñado una piedra, una madera… o un vidrio.

Miré mis manos, con las uñas cortas y mal pintadas de negro, desprolijas y nada delicadas como las suyas, a pesar de que estuvieran algo rotas por tallar en mi espejo las respuestas que necesitaba. Hacelo. Hacelo. Hacelo.

Me di cuenta el porqué de tanta tristeza de parte de mis familiares, el porqué de tanta sorpresa cuando aparecí en la escalera y me vieron: Bill se había apoderado de mí, de mi cuerpo, de mi mente casi por completo, de mi imagen, de mi cordura. ÉL no quería morir, le tenía tanto miedo que no podría soltarse de lo único que era tan importante para él: yo, su gemelo. Vivió para la moda, vivió para la música y, ahora, vive a través de su ropa y su parafernalia… conmigo como único representante, la parte más importante de su vida.


5 Comentarios para “La sombra de la Porcelana” By Cosette -One Shot

  1. jOanNa kAuLiiTz

    T_T
    aaaah!! jesus lloree!! cmo locaa!!
    T_T
    aww Bill!!!
    por dios estuvo hermosoo!! u.u
    mee encanthoo!!
    felicidades!! toqiitha!
    tqm

  2. Gracias (:

  3. aaaaahhhh!! me convidero tu fan cosette

    no entendia bien pork tom derepente ablaba como bill

    me kede asi de .. ay k pedo

    pero seguileyendo…

    muy muy bueno

    Bill poseyo a tom

    me gusto mucho!!

    gracias x mandarlo ^^!!!

    besitos!

  4. tokita dark kaulitz

    T T
    Ahahah!!!
    Se me hizo un nudo en la garganta!!!
    Fue hermoso! Muy muy lindas palabras pero lo que me dolio fue el tema: bill muerto!.
    Y mas por que yo lo amo y soy muy sensible en ese tipo de temas.
    Pero me gusto en el fondo,tienes talento
    Bye besitos de chocolate ^^

  5. Aww, muchas gracias chicas ♥

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