Los gemelos tienen que separarse por unos días, y Bill le prepara a su hermano una ‘brillante’ bienvenida al hogar.
PARTE (2/2)
A Bill le gustaba la luz de Los Ángeles, sobre todo al atardecer. Nunca había sido muy amigo del sol, pero en California era especialmente alegre y cálido. Te conquistaba.
Sentado frente al gran espejo de su dormitorio, veía el reflejo del cielo a punto de ocaso.
Las medias de seda eran un deleite para el tacto, pero había que manejarlas con tanto cuidado para no desgarrarlas con las uñas (al menos no antes de tiempo —pensó, alzando una pícara ceja a su imagen duplicada) que lo ponían aún más nervioso.
La idea le golpeó en seco el día que murió Elisabeth Taylor. La noticia había sacudido la ciudad como un terremoto con el epicentro en Hollywood… Y a Bill le trajo algunos recuerdos. El Show de Kerner, un Bill más joven de peinado alocado, Tom sentado a su izquierda, y un tipo que lo miraba lascivamente (jodido pederasta) y que comparaba sus facciones con las de una de las actrices más hermosas del mundo. Ambos tenían un rostro perfecto, o eso decían, aunque para él no fue ninguna sorpresa.
Buscó fotos de la Taylor en internet, pero sólo una de ellas llamó su atención: en ella aparecía con una túnica de gasa liviana y unos brazaletes de oro.
Era un fotograma de Cleopatra. Al verla así vestida, altiva y seductora como sólo puede ser una estrella, su fantasía voló tan lejos que no supo volver.
Sujetó las suaves medias al liguero con manos sudorosas por la excitación. Lo había comprado de raso dorado para la ocasión, a juego con el tacón de sus sandalias. No pensaba llevar nada más bajo túnica, por supuesto, pero sí un ceñidor de finas tiras de cuero marcándole la cintura. Un amplio collar de turquesas ajustado al cuello y el vestuario estaba completo, sólo quedaba el maquillaje para culminar el efecto.
Tres veces tuvo que dibujar la alargada raya del ojo, el pulso le temblaba, pero la sombra azul metálico bien aplicada disimulaba los fallos.
Quedaba menos de una hora para que Tom llegase a la villa y un conocido ramalazo de fuego trepaba por su vientre, haciéndole suspirar. Estuvieron hablando la noche anterior durante horas. Aún sentía la voz de Tom quemando el aire de aquel cuarto, tan vacío sin él, su voz profunda y varonil vertiendo en su oído pequeñas obscenidades, emborrachándole de palabras vía satélite desde un hotel de Berlín.
Apretó los dientes para no gritar de pura ansiedad.
La peluca era de lacio pelo negro, de corte cuadrado y flequillo recto sobre los ojos. Estuvo dudando hasta el último momento (pensó que quizás sería demasiado), pero Bill amaba jugar con los extremos, lo daba todo y lo exigía todo. Al final se la puso, y decidió que ese corte resaltaba sus pómulos y rasgaba su mirada.
Le quedaba bien. Más que bien.
Consultó el reloj por enésima aquella tarde, ya quedaba menos. Volvió a repasar su imagen frente al espejo, fantaseando que no eran sus ojos, sino los ojos de Tom, tan penetrantes, los que recorrían los ángulos de su cuerpo apenas cubierto por una tela vaporosa.
Un gemido escapó de su boca al rozar con ligereza la ardiente erección que la túnica no lograba ocultar. Dejándose llevar por la lascivia, abrió las piernas frente a sí mismo, y pudo contemplar la imagen turbadora de su sexo erguido, empapado, palpitante entre las tiras de raso que le cruzaba los muslos, su garganta expuesta, los labios entreabiertos…
Deseaba que Tom lo viese así, ataviado como una reina, provocador como una estrella y abierto, desnudo y entregado como un amante o un esclavo.
No quiso tocarse.
Se levantó despacio, perdido en la nube de su excitación. Los tacones dorados hacían sonar sus pasos por las escaleras, la gasa de su vestido ondeaba tras él.
En el salón todo estaba listo, ¿qué pensaría su hermano cuando llegara? ¿Y si aquello le parecía una idea absurda y lo tomaba a broma? O peor… ¿y si se reía de él? Sorprenderlo así era un riesgo, lo sabía, pero lo extrañaba, lo extrañaba hasta el dolor, y necesitaba demostrárselo a su manera, quizás excesiva y teatral, pero completamente suya.
La tarta le hacía guiños desde el frigorífico y fue a buscarla, era el último detalle que faltaba. Adornando el bizcocho con nata bien fría y algunas perlitas doradas de azúcar le había quedado un mejunje bastante presentable. Estaba entusiasmado.
Encendió una a una todas las velas escarchadas, quemó fragante incienso de sándalo en los pebeteros hasta ahogarse con el humo, y puso en una bandeja de plata dos copas llenas a rebosar con el mejor champagne.
‘Achtug, fertig, los und lauf’ —tarareó bajito sin darse apenas cuenta, hasta que de pronto recordó algo —¡Scotty! —chilló— Scoootty, ven con paaaapi…— El perro acudió a la llamada a pasito lento, con el recelo pintado en los ojos. El tonito cantarín de Bill no le inspiraba demasiada confianza—. Ven, que esta noche vas a ser mi tigre y tengo que ponerte guapo— soltó sin más. El pobre Scott sabía que su dueño estaba un poco loco, de lo que no tenía idea era que cuando vio en su laptop los fotogramas de Cleopatra, se fijó en un detalle que le encantó: La bella reina tenía a sus pies un maravilloso ejemplar de tigre joven, sujeto a su mano por una fina cadena y adornado con un collar de rubíes. A Bill le dio un ataque agudo de sofisticación.
—Scotty… ¡No huyas, cobarde! —gritó, enarbolando en su mano un collar adornado con un arcoíris de cristales de Swarovski. Scott, por viejo y por perro dos veces sabio, salió por patas a esconderse detrás del diván. Desde luego no pensaba dejarse poner semejante espanto multicolor, ¿dónde quedaba su dignidad perruna? ¿y el respeto a las canas?
Bill intentó correr tras él, pero subido a sus tacones de catorce centímetros, sujetando una peluca traicionera y semidesnudo de cintura para abajo no estaba para competiciones.
—Joder con el chucho —murmuró entre dientes— ¡Ven, que no te va a doler! —gritó medio asfixiado y repitiéndose mentalmente que iba dejar el tabaco YA… O mejor mañana. Eso, mañana sin falta—. ¡Auch! ¡se me ha roto una media! —gimió al ver un pequeño desgarro en la delicada malla de seda. Aprovechando el momento de debilidad, Scotty se marcó un par de regates que ni Beckham en sus mejores tiempos y cuando vio que ya no había peligro, se dirigió majestuosamente y con aire de triunfo a su cojín favorito, planeando seguir sus sueños por donde los había dejado.
—Perro tonto —bufó, cayendo rendido sobre el diván. Se bebió una de las copas de champagne de un solo trago, y un poco más animado volvió a comprobar la hora.
El jodido reloj llevaba todo el día jugando en su contra, ¿era él o las manecillas no se movían ni un poco? Bueno, de acuerdo, sí se movían, pero no al ritmo de sus deseos. Bill necesitaba que los minutos volaran, sin embargo el Tiempo se empeñaba en detenerse sólo para hacerlo rabiar, estaba seguro ¡Ojalá se eternizara cada segundo cuando tuviese a Tom gimiendo en sus brazos! Ah, pero entonces volaría.
Sintió la suave piel de leopardo en sus nalgas desnudas, y ese simple roce lo hizo temblar de voluptuosidad. Se recostó en los cojines de raso, arqueando la espalda, entreabriendo las piernas, creando una pose lánguida para un voyeur invisible.
En pocos minutos llegaría Tom, tenía que estar perfecto… Perfecto…
***
La noche en Los Ángeles estaba más fría de lo que había imaginado al bajar del avión.
Se rebujó en su chaqueta deportiva y pidió al chofer de la camioneta que pusiera la calefacción, estaba agotado.
El viaje de vuelta había sido un completo desastre. Por lo que le dijeron, había fuertes turbulencias solares que afectaban a los satélites y anulaban las comunicaciones del avión con las torres de control, por lo que era imposible aterrizar. Estuvieron dando vueltas por el aire durante horas, y cuando por fin tocaron tierra quedaron atrapados en la terminal esperando el equipaje. Lo peor del caso es que los móviles tampoco funcionaban, así que no pudo avisar a Bill del enorme retraso que llevaba. Le dijo que llegaba a las nueve, y eran las cinco de la mañana y aún estaba metido en el coche. Mierda.
Miró el celular por enésima vez aquella jodida noche. Por fin tenía cobertura, alabados sean los dioses repara-conexiones.
Quería escuchar su voz más que cualquier otra cosa, pero a esas horas seguro que ya estaba dormido, con la tele encendida y acurrucado en su lado de la cama… El lado de Tom, por supuesto. Sería una pena despertarle sólo para eso, ¿verdad?
Mierda.
Cuarenta interminables minutos después estaba frente a la puerta de la villa, con la bolsa de viaje en una mano y las llaves en la otra. ¿Había luz en la ventana del salón?
Entró con cuidado de no hacer ruido, pero no pudo evitar un jadeo de impresión al ver la escena que le aguardaba:
Envuelto en la suave penumbra de las velas, Bill dormía sobre un lujoso diván rodeado de flores ya algo marchitas, sedas de colores y unos pebeteros fríos y apagados. La mayoría de los cirios estaban derretidos y algunas guirnaldas se habían caído. En una mesita baja había una tarta casera de nata desmoronada por el calor, y una botella de champagne a medio terminar. Scotty dormía a sus pies con un trozo de collar de perro con brillitos sujeto entre las fauces.
Tom lo miraba todo asombrado, conmovido.
Se acercó despacio a Bill, contemplando la fina tela que resaltaba las curvas de su cuerpo desnudo, el maquillaje corrido de su rostro. Era de una belleza arrebatadora, tan frágil y decadente. Se arrodilló a su lado, quitándole el celular y la copa vacía a las que se aferraba, oyendo sus quejas entre sueños. Moría por tocarlo.
Inclinó la cabeza, hasta que el cálido aliento de Bill tropezó con sus labios, provocando un ansioso jadeo. Luchaba por controlarse, por no arrancarlo del sueño con caricias demasiado bruscas. Delineó su perfil con los dedos hasta llegar a su boca, que cubrió de besos ligeros. Besos de amanecer.
—Ummm… Tom… —Maulló, aún adormecido— Por fin…
—Ey —Tom miró embelesado sus párpados azules agitándose, intentando despertar.
—No me has llamado, yo…
—Me esperabas, ya lo veo —la más tierna sonrisa se pintó el rostro del mayor. Tocó con la punta de los dedos la peluca algo torcida de Bill— ¿Todo esto es por mí? —preguntó, aunque era pura retórica. Ambos sabían la respuesta.
—No pienso recrearte el ego, Kaulitz presuntuoso —dijo, sacándole la lengua de forma perezosa y burlona. Tom no pudo resistirse a atraparla con los labios e iniciar un beso juguetón que los hizo reir—. Aunque más bien ‘era’ —suspiró cuando pudo recuperar el aliento— Quería sorprenderte, pero has tardado tanto… —Tom notó la frustración en su voz— ¿Qué te ha pasado?
—La culpa ha sido del sol, a mí no me mires — Puso su mejor cara de niño bueno ante Bill, que corría el riesgo de desencajarse la mandíbula con semejante respuesta.
—¿Que el sol tiene la culpa? Ya, y el universo sideral está en tu contra —Rodó los ojos en fingida indignación— Y luego la diva soy yo.
—¡Ey! Lo juro —rió, levantando las manos en señal de inocencia, y el corazón de su gemelo se desbocó de amor por él, de urgencia y deseo.
—Qué más da todo —susurró con los ojos oscurecidos de lujuria— Bésame.
Al sentir los labios de Tom tan dulces sobre los suyos Bill mandó el mundo entero a volar. Lo había deseado tanto, lo había soñado tanto durante aquellos días interminables que se ahogaba en la realidad de su boca.
Se sentía jugoso y crujiente como una manzana a punto de ser mordida, y no había mejor sensación que esa. Sólo con Tom se permitía disfrutar de su lado más sexy y vulnerable. Sólo Tom sabía llevarlo más allá de sus límites con una caricia.
Sus finas manos se aferraron a las trenzas, acercándolo, palpando ansioso su cuello. Suspiró extasiado al sentir callosos dedos de su gemelo recorriendo su espalda descubierta, sus besos cada vez más húmedos y demandantes.
Oh, sí que lo pidiera todo, que lo tomara todo de él.
Bill también quería todo lo que Tom pudiera darle.
—Bill… Bill…—murmuró con voz ronca, mordiendo su hombro— hazme feliz y dime que estás desnudo bajo ese vestido.
—Es una túnica, idiota —rió, tomándole el rostro y besándolo como si lo persiguiera la muerte blandiendo su guadaña— pero tienes suerte… Eres mi idiota —.Tom le acarició el labio inferior, tirando de él con los dientes, exigiendo una respuesta— Averígualo…—Bill contempló embobado como tragaba duro, su tentadora nuez de Adán subiendo y bajando frente a él, y tuvo una idea perversa— Umm, tú eliges… ¿Mirar o tocar?
Tom lo observó largamente, devorándolo con la intensidad su mirada… Y enseguida cerró los ojos. Su gemelo jadeó, todo su cuerpo temblaba de anticipación.
De rodillas ante el diván donde su hermano yacía recostado, comenzó a acariciar a ciegas sus tobillos, sus suaves pantorrillas envueltas en la fina malla de las medias
—Seda —gruño, relamiéndose los labios con ansiedad— perra diva—. Bill rió, agitado bajo su toque. Sus ásperos dedos encontraron el roto que se hizo corriendo tras Scotty aquella tarde que ahora parecía tan lejana, e introdujo el pulgar por el agujerito, ensanchándolo, acariciando en círculos ese trocito de piel desnuda. Nada podía ser más erótico… Ni más premonitorio— Tú eres más suave —murmuro con su voz grave, los párpados apretados.
—Dios —siseó —a partir de hoy romperé todas mis medias, lo juro— Las manos de su hermano ascendieron peligrosamente, acariciando los bordes del liguero, deleitándose con la dulzura de la cara interna de los muslos. Bill era todo piel de melocotón y ansiedad cuando masajeó sus ingles en un gesto que ambos amaban, renovando antiguos gemidos. Siempre a ciegas, paseó la palma lenta y tortuosamente por su vientre hasta alcanzar su sexo oculto por la gasa. Al sentir los dedos de su gemelo apretando su pulsante erección, Bill se desmadejó en el diván, perdido en incontenibles jadeos.
—Tom…
El chico de trenzas se incorporó y abrió los ojos. Ante él tenía la más hermosa encarnación de la lujuria, un ser delicado, ardiente y tembloroso que entreabría los labios y las piernas en puro ofrecimiento. Eran tantas las emociones que se agolpaban en su pecho que apenas podía respirar.
—Tom… ¿Soy yo o nuestros labios están demasiado lejos? —bromeó, mirándolo tras sus largas pestañas.
Tom se quitó la camisa y los pantalones en un par de movimientos, loco de deseo, y ya desnudo se sentó en el diván que con tanto esmero había decorado su gemelo. No hizo falta palabras. Bill se deslizo con ligereza y se subió a horcajadas sobre Tom, pegando sus frentes, mirándole a los ojos. Pronto se hundieron el uno en la boca del otro, compartiendo besos profundos y desesperados. Sus erecciones se rozaban con el erótico balanceo de los cuerpos, no había suficientes caricias en sus manos para saciarlos.
Tom introdujo los dedos por el borde de la peluca, sintiendo bajo la fibra áspera de ésta el suave cabello rapado de su hermano, y en un arrebato se la quitó, tirándola al suelo. Acarició su cabeza, revolviendo su pelo corto con brusquedad. Bill enterró el rostro en el hueco de su cuello, creyendo desfallecer. Se aferró a su espalda y enseguida
se vio envuelto en un abrazo aún más estrecho, más urgente. El miembro de Tom presionaba húmedo contra su entrada, y Bill se alzó y se abrió con sus propias manos para llenarse de él agónicamente, centímetro a centímetro.
Fue lento y doloroso, pero el deseo era más fuerte que el daño. Siempre lo era.
Se dejó llevar el poderoso vaivén de su sexo, gimiendo, cabalgándolo sin descanso, enterrándolo en su cuerpo cada vez más rápido, más y más profundo.
Creyeron morir de placer una y otra vez, y cuando parecía que sentir más era imposible, un luminoso estallido de gozo los dejó ciegos, hundidos en la luz blanca y salvaje del orgasmo. Colapsaron juntos, uno en brazos del otro, derramándose en chorros de cálido esperma.
Bill temblaba sintiendo a Tom en su interior, notando sus hondos suspiros de agotamiento rozar su oído. Una ola de calma los embargaba.
—No te muevas —susurró Tom. Bill sólo pudo asentir, rendido en sus brazos— Gracias por este recibimiento, mi pequeña Cleopatra.
—No ha sido como esperaba —dijo, recordando las guirnaldas caídas, su maquillaje corrido y la tarta desmoronada—… Ha sido mejor.
***
Scotty se despertó al oír los primeros gemidos, y muy dignamente, lanzando un par de gruñidos de protesta por el ‘ruido’ y llevando en la boca un pedazo de su nuevo collar de diseño como mordedor, se dirigió a la cocina para seguir durmiendo.
Definitivamente —pensó— en esta casa están todos locos.
















Hermoso c:
OWWW 7.7 que lindo :D me gusta el lenguaje cone l que lo escriviste y en mi opinion la idea de cleopatra esta genial, emmmm simplemente me encanto ♥