–– ¿A qué otra parte quieres ir, cariño? ––Bill sintió que todo su cuerpo se entumecía. Si bien creía amar a su ahora pareja, Andreas, aún le parecía demasiado incómodo que le dijera apodos cariñosos.
––A… ninguna otra, estoy bien, gracias por el maravilloso día ––le dijo, para después mostrar una sonrisa bastante fingida. Bill quería mucho a Andreas, podría decir que le estaba llegando a amar, pero había algo que no sabía con exactitud el qué era que no lo dejaba ser feliz con el rubio. Era una incomodidad extraña, como si no pudiera amarlo, como si existiera algo que le impedía hacerlo y no le dejaría llegar a amarlo jamás.
––Entonces… ¿te llevo a tu casa? ––Bill asintió de inmediato, se maldijo mentalmente por aceptar tan rápido. Con esa actitud sólo estaba haciendo que Andreas perdiera el interés en él––. Perfecto… vamos ––Andreas le tendió su mano y enseguida Bill la tomó, más por compromiso que por gusto.
Caminaron hacia el coche de Andreas que estaba estacionado a unas calles del elegante restaurante en el que habían cenado. Bill iba mirando hacia el suelo, mordiéndose un labio, arrastrando sus pies y aferrándose fuertemente a la mano de Andreas. En sus pensamientos habían tantas cosas, tantas teorías de cómo sería su vida si todo aquello no hubiera pasado.
Llegaron al auto de último modelo y subieron, por supuesto, Andreas le abrió la puerta, como si Bill fuese una damisela que necesita de la caballerosidad de un hombre. Bill soltó una risita floja, amaba los gestos que tenía Andreas con él, pero no le llenaban, no le emocionaban… no le importaban.
–
El camino fue bastante largo, bueno… al menos así lo fue para Bill. Durante todo el camino se la pasó arreglando su cabello en el espejo, checando que sus uñas estuvieran lo bastante bien pintadas, retocando su maquillaje y tarareando las canciones que salían en la radio. Andreas lo miraba de reojo, no sabía qué hacer para llamar su atención, lo había intentado todo; regalos, cosas locas, promesas, hasta le estaba ayudando a pagar su universidad. Pero, simplemente, a Bill no le importaba nada. Llevaban dos años de “feliz” relación, y hasta la fecha no habían intimado, no porque el rubio no quisiera, sino porque Bill no quería, se excusaban con cualquier cosa. A Andreas eso le estaba cansando, él y Bill eran ya adultos, de hecho ya hasta estaban pensando en compartir un departamento, ¿hasta cuándo se las iba a dar de niña de secundaria cuidando su virginidad?
––Andreas, ya vamos a llegar, detente ––Andreas sacudió su cabeza para salir de sus pensamientos. Volteó a ver a Bill y le sonrió, sabía que si se seguía portando como el hombre perfecto, algún día, no muy lejano, Bill se entregaría a él por completo.
Estacionó su auto frente a la casa de Bill y se bajó de inmediato a abrir la puerta de su pareja––. Permítame, bello damiselo ––le tendió la mano a Bill, y éste con una sonrisita se la aceptó. Bajó y los dos se quedaron parados sin saber qué decir, qué hacer.
––Gracias por tan maravillosa noche ––fue Bill quien rompió el silencio. En seguida, depositó un casto beso en los labios de Andreas. Quería que fuera un besito de despedida para entrar a su casa, pero Andreas tenía otras intenciones. Sin previo aviso, el rubio intensificó el beso, tomando a Bill de la cintura y apegándolo completamente hacia él. Bill se sorprendió, pero sabía que no podía rechazarlo, a fin de cuentas, Andreas era su pareja y entendía que estaba necesitado de cariño. Andreas lo azotó contra el coche, comiéndoselo a besos, toqueteándole todo el cuerpo. Bill se sentía sucio. No dejaba de tocar su entrepierna y de morder sus labios, Bill quería llorar, así no le gustaba que lo tocaran, Andreas estaba perdiendo esa dulzura que lo caracterizaba.
––Andreas… ––dijo con dificultad, tratando de parar los besos, pero el rubio parecía que no lo escuchaba–– Andreas… ––volvió a llamar, pero el rubio le seguía toqueteando–– ¡ANDREAS! ¡Basta, con un demonio! ––de inmediato le dejó de tocar.
––Lo siento… yo… lo siento ––fue lo único que pudo decir. Bill negó con la cabeza, se sentía sucio, como si acabara de ser violado. Quería llorar.
––Ya te dije que no me gustaba que me tocaras de esa forma… ¡¿Por qué lo hiciste?! ––Andreas bajó la cabeza. Sin embargo, Bill seguía mostrando en su cara la furia que sentía en ese momento por su novio.
––Lo siento, en verdad, lo siento… yo ––pero antes de decir otra palabra, esta vez fue Bill quien se le abalanzó y le besó con fuerza. Andreas no comprendía, pero después correspondió a los besos.
–
Siguieron tocándose y besándose hasta que Andreas abrió la puerta trasera de su coche y se metió junto con Bill, recostándose en el asiento trasero. No sabía qué había hecho cambiar de opinión a su novio, pero no le importaba, lo que estaban haciendo lo estaba disfrutando al máximo. Empezó a quitarle la ropa a Bill, y se sorprendió al notar que éste se dejaba, no protestaba. Los dos ya sólo quedaban en unas pocas prendas, podía sentir que Bill se estaba poniendo duro, eso le daba una buena señal. Bill gemía y temblaba bajo su cuerpo, respondía a sus fieras caricias. Su rostro se contraía de deseo, estaba empezando a ponerse sudoroso y su cabello estaba más que alborotado. Pronto, bajo su propia sorpresa, vio como Bill abría sus piernas y se exponía a él, permitiéndole que le tomara.
––Te amo ––susurró Andreas antes de despojarse de su ropa interior, entonces el momento se fue a la mierda. Bill lo apartó de inmediato de encima de él, parecía como si se hubiera despertado de un maravilloso sueño, como si al despertar, al abrir sus ojos, se hubiera topado con un monstro maligno. El pelinegro le vio con… miedo y asco. Sus ojos se aguaron. Andreas no supo qué hacer.
–– ¡Déjame! ––Gritó a todo pulmón Bill. Se sentía sucio, violado… No sabía qué lo había orillado a llegar hasta ese punto con Andreas, pero se sospechaba el porqué. Pensamientos de un pasado que nunca volverá, le habían hecho querer olvidarlo en brazos de otros, pero un “te amo” no correspondido, le trajo a la realidad de golpe y… dolió.
–– ¿Qué pasa, cariño? ¿Qué hice mal? ––preguntó Andreas mientras observaba como Bill se ponía de nuevo su ropa.
––No… no eres tú… Yo… No puedo, perdón, no puedo… ––Andreas suspiró cansado. Siempre que Bill se ponía “cariñoso” con él, sucedían cosas como esas, siempre terminaban enojados.
–– ¿No soy yo? ¡No soy yo! ¡Claro que soy yo! ––Bill le miró asustado, pocas veces Andreas gritaba de esa forma––. Bájate… Necesitamos descansar, han pasado muchas cosas, necesitamos pensar bien las cosas y llegar a una conclusión. Necesitamos saber si en realidad esta relación tiene un futuro… ––Bill agachó la cabeza, él ya había llegado a su conclusión–– ¿Tú ya tienes una conclusión, no? ––Bill asintió un tanto apenado.
––Se terminó, Andy, no puedo seguir, jamás te haré feliz… sólo nos lastimanos ––Andreas asintió. Bill no dijo nada más, sólo se bajó del coche y caminó hacia su casa. Andreas que quedó tras él llorando. No quería lastimarlo, pero era imposible, no podía olvidar su pasado.
–
Y de nuevo había echado a perder una bonita relación. Había mandado por un tubo a un hombre maravilloso, rico y que lo respetaba… bueno, al menos lo intentaba. ¿Hasta cuándo dejaría que su corazón amara de nuevo?
Se recargó sobre el sillón y siguió comiendo su helado de chocolate. Aunque no amaba del todo a Andreas, se había encariñado con él y le había dolido dejarlo. Estaba en una ligera depresión. Su vida no era como la había planeado, no era ni un poco a como la había soñado. Vivía solo en un pequeño departamento, tenía un trabajo en una cafetería, estudiaba por las mañanas en una universidad privada… lo más seguro es que la dejara, pues Andreas era quien le ayudaba a pagarla, él no contaba con el dinero suficiente, por eso, a sus veintiséis años, apenas estaba por terminar la universidad. Sus padres murieron cuando estaba a mitad de terminar la preparatoria y no tenía hermanos.
La película romántica terminó y Bill seguía sumergido en sus pensamientos. Dejó su helado a medio terminar a un lado y se dirigió hacia su habitación. Caminó a través de ella y llegó al pequeño armario que tenía. Miró hacia la repisa de arriba en donde ponía cosas que no utilizaba, y allí estaba… esa caja de color blanco con bolitas negras. Esa caja que se había jurado nunca iba a volver a abrir. Necesitaba verlo una vez más, recordar lo hermosa que era su vida ocho años atrás, cuando salía de la secundaria, cuando tenía un novio maravilloso, los mejores amigos, una familia hermosa y una economía envidiable.
Se puso de puntitas y alcanzó la caja. Cuando la tuvo entre sus manos la apegó a su pecho, las lágrimas brotaron automáticamente. No caminó mucho, se tiró en medio de su habitación. Observaba la caja como si dentro de ella se fuera a encontrar con una máquina del tiempo que lo regresara a su pasado, a ese pasado que tanto añoraba. Abrió con cuidado la tapa, y la lanzó con cuidado a un lado. Lo primero que se encontró dentro fue una foto de él y de un chico, debajo de ella decía “Mi bebé”. Suspiró tratando de retener el llanto. Tomó un plumón que tenía en la caja, escribió algo que se tenía que grabar en su cabeza: “Mi EX- Novio”. Entonces, el llanto se hizo amargo. Tomó la pequeña fotografía en sus manos, admirándola: en ella se encontraba él y su entonces novio, Tom Kaulitz, le abrazaba con cariño, mostrando un sonrisita de medio lado… Se veían felices, enamorados. Tanta felicidad mostraba en esa fotografía, que en sus ojos se mostraban unas cuantas arrugas, pues su sonrisa era tan enorme que se las dibujaba. Dejó la fotografía a un lado y enseguida apareció otra: en esa celebraban su primer aniversario, la sonrisa no dejaba de ser enorme. Y entonces apareció otra, la última que tenía: en ella se notaba con la mirada triste; Tom le daba un besito en el cabello y Bill simplemente hizo un esfuerzo de sonrisa.
Bill siguió revisando todo: flores marchitas, cartas de amor, fotografías de los buenos tiempos, envolturas de los dulces que le regalaba Tom, hasta una uña que se rompió por culpa de su entonces novio. Las lágrimas no dejaban de salir de sus ojos, tantos buenos recuerdos le hacían sentirse tan triste.
Si él hubiera decidido, jamás se hubiera separado de Tom. Sabía que Tom tampoco nunca le hubiera dejado, se amaban demasiado, se querían por sobre todas las cosas. Vivían el uno para el otro.
Al final de la caja, en el fondo, se encontró con esa última carta que tanto le había echado a perder su vida. Fue recibida días antes de terminar la preparatoria, aproximadamente hace siete años. La abrió, estaba un poco vieja y el papel estaba bastante gastado. Esa fue la última carta que recibió de Tom. Bill y Tom nunca terminaron, después de que Tom fue asignado como soldado del país y mandado a la guerra, siguieron con su relación que duró dos años más. Después se dieron cuenta que las distancias no ayudaban en nada, así que simplemente un día Tom decidió terminar con su hermosa relación. Bill no le guardó rencor, pues le entendía. Se siguieron escribiendo en plan de “amigos”… hasta que un día simplemente dejó de recibir cartas de Tom. No le informaron nada, simplemente un día llegó a la casa de Tom una carta del servicio miliar que decía amargamente: “muerto en combate”. La madre de Tom falleció de inmediato de un infarto fulminante por la noticia, el padre de Tom aún vivía, de hecho, le seguía visitando de vez en cuando. Tom dejó a una hermana de meses de nacida y Bill a veces la cuidaba y llevaba a la primaria, la pequeña Lucy le decía papá. El padre de Tom era un hombre importante de negocios, por lo que Bill cuidaba a la niña casi las veinticuatro horas del día.
Bill, después de la muerte de Tom, se derrumbó. Dejó la universidad, su alimentación fue tremendamente cortada hasta tal punto de llegar a la anorexia, intentó suicidarse en muchas ocasiones. La vida le había cobrado mucho, le dolía demasiado. Bill quería que Tom siguiera vivo, que siguiera a su lado, quería, según él, ir a alcanzarlo al cielo. Un último intento, eso necesitaba, pero entonces, el día que estaba decidido a acabar con su vida; Lucy le dijo por primera vez “papá”. Entonces supo que tenía una nueva motivación en su vida.
Bill había intentado tener novios, pero nunca funcionaba. Andreas fue con el que había durado más tiempo, pero, como siempre, lo había arruinado. Simplemente, no podía aparentar sentir algo que no sentía. Tom fue el primero en su vida, y quería que fuera el último. A Tom se entregó de la manera más intima y no podía si quiera imaginarse entregarse de igual forma a otro hombre. Lo extrañaba tanto, no podía asimilar bien la vida sin él. Aunque ya habían pasado muchos años, aquel perfume que usaba Tom y que tanto le gustaba, seguía impregnado en su piel. Le acompañaba cada noche de soledad cuando soñaba con aquella vez el que él y Tom se habían unido.
Las horas pasaron y Bill seguía vagando en sus recuerdos, viviendo un poco del pasado, soñando un futuro perfecto. Se recostó en el piso en posición fetal, abrazado a la fotografía de él y Tom. Las lágrimas ya estaban secas en sus mejillas, pero no le importaba, al día siguiente sería sábado, así que no le importaba seguir revolcándose en su mierda.
–
––Papi… ––sintió una tibia mano sobre su mejilla––. Papi… despierta, dormilón ––Lucy había llegado muy temprano a la casa de Bill, su verdadero papá la había dejado en la puerta, pues él iba a trabajar todos los días en las mañana y regresaba en las noches. Decidió entrar de sorpresa, pero la sorprendida fue ella al encontrarse con Bill tirado en medio de su habitación, aferrado a una fotografía y con lágrimas secas en sus mejillas.
–– ¡Princesa! ––dijo emocionado Bill, ver esos ojitos marrones siempre le hacía tanto bien. La niña de siete años de edad le miró preocupada. Bill se frotó sus ojos y trató de borrar los rastros de lágrimas.
––Mmm… ¿Estás llorando por Tomi? ––Bill asintió levemente–– Tomi está vivo, yo lo sé… Él un día volverá, lo he soñado ––le dijo con una seguridad, que el corazón de Bill se estremeció. Lucy no conoció a Tom, era muy pequeñita cuando murió, ¿cómo lo puede soñar?
–– ¿Lo sueñas? ––La niña asintió–– ¿Cómo es?
–– ¡Muy guapo! ––Aseguró–– Tiene tensitas en el cabello, ojos como los míos, su piel es blanquita, tiene un traje de soldadito y habla como un ángel ––Bill no pudo retener una lágrima––. Tomi me dice que regresará, no sabe cuándo, pero lo hará. Un día aparecerá en tu camino, y entonces serás feliz otra vez ––la niña parecía tan segura de sus palabras, la emoción en ellas eran tan contagiosas.
––Dios te escuche, bebé, Dios te escuche…
–
La tarde pasaba como todas; igual de monótona y aburrida. Bill trabajaba en la cafetería, daba gracias a Dios que su turno era por la tarde, pues últimamente la universidad le consumía, el dinero estaba escaseando y su energía estaba en un punto crítico. Lucy corría por todo el lugar y le ayudaba a tomar las órdenes. Se había ganado el cariño de todos en la franquicia, hasta del propio dueño, por esa razón la podía llevar al trabajo.
Su salud no era la mejor, los problemas alimenticios habían regresado, no comía bien y eso se notaba a kilómetros de distancia. El padre de Tom, Michael, le ayudaba un poco con los gastos, pero no quería abusar de su buen corazón. No podía negarlo, si en ese instante cayera muerto, no se sorprendería.
–
Ya no había podido seguir en la universidad, el dinero ya no lo tenía. Se quedó en el camino, a mitad del último semestre… fracasó. Quería terminar, aceptar el dinero que le daba el padre de Tom, pero simplemente no pudo. En la universidad le dieron la facilidad de después regresar y retomar sólo el último semestre, y enseguida aceptó.
Estaba recostado en su sillón en la sala, Lucy hacía su tarea en la mesita de centro. Aunque la niña era aún algo pequeña, le dolía ver a su papá así. Dejó de hacer su tarea y fue a prepararle una sopa instantánea, sabía que no era mucho, pero de algo le serviría al flaco hombre.
––Ten, papi ––ofreció la sopa a Bill, y éste sonrió––. Come un poquito, estás muy flaquito ––Bill tomó la sopa y empezó a comerla sin ganas.
––Gracias, muñequita…
La sopa había terminado, Lucy comía tacos de carne guisada, con agua de limón que Bill le había preparado, un programa aburrido pasaban por la televisión. Bill jamás se sintió más miserable. Le habían dado el día libre en su trabajo, su jefe, David, le había notado el cansancio y la mala salud que cargaba. Bill agradeció mucho ese gesto por parte de su jefe.
––Papá… ––habló de repente Lucy, su vocecita sonaba insegura.
–– ¿Qué pasa?
––Soñé otra vez con Tomi ––Bill se tensó––. Me dijo que ya faltaba poco, que pronto estaría con nosotros y seríamos una bonita familia. Que me regalará una muñeca de porcelana, de esas que me gustan tanto, y que tú ya no volverás a llorar.
––Lucy… todo lo que dices es hermoso, pero… me temo que nuestro Tomi ya no volverá ––la realidad a veces dolía mucho.
Lucy gruñó un poco, arrugó su nariz y negó con la cabeza––. No te dejes vencer, papi, la esperanza es lo último que muere… Un día verás que todo estará mejor… Un día volveremos a ser felices y tú… volverás a tener esa sonrisa que tenías en la foto en la que estás con Tomi. Recuerda que cuando se pierde la esperanza, entonces un milagro sucede ––los ojos de Bill se aguaron, era demasiado… ilógico que una niña tan pequeña le diera esas palabra de aliento, esas palabras que tanto había deseado escuchar por años y que nadie le había logrado atinar.
Bill se levantó de su asiento y abrazó fuertemente a Lucy, ésta le correspondió. Así se quedaron durante minutos.
–
El día era demasiado caluroso, el sol estaba por todo lo alto. Bill caminaba por la calles de la mano de Lucy, iban rumbo a la cafetería. Bill se había sentido un poco mejor, había conseguido un segundo trabajo como fotógrafo y le daba las suficientes ganancias como para pagarse de nuevo la universidad, así que regresó. La vida le estaba sonriendo de nuevo y eso le hacía llenarse de emoción.
El humo de la ciudad arruinada su cabello, necesitaba ir bien presentado a su trabajo, no le gustaba dejar una mala impresión a sus clientes. Llegaron al trabajo rápidamente gracias a que se encontraron con un amigo de Bill, y éste les hizo el favor de darles un aventón. Así que, Bill llegó presentable, fresco y con ganas de trabajar. Lucy inmediatamente se fue corriendo a la parte trasera de la cafetería a jugar con un juego que David había comprado para ella.
Bill se puso a atender a los clientes de inmediato, apuntando órdenes y haciendo malteadas. Mediante pasaba el día, se sentía algo cansado, el doctor le había dicho que estaba muy anémico, que necesitaba comer mejor y más sano. Por supuesto Bill no hacía mucho caso, aunque en el último mes ya había ganado un par de kilos.
––Bill, ¿puedes ir a recoger un paquete a la oficina de autobuses? ––llamó David.
Bill enseguida aceptó. Se quitó su delantal y salió de la cafetería. Dejó a Lucy al cuidado de David, y se fue caminando lentamente hacia la oficina. No quedaba tan lejos, sólo unas cuadras, atravesaba el pequeño parque y llegaba. No sabía cómo de pronto el día había cambiado tanto, el cielo lucía algo nublado, el viento era delicioso y el sol se había escondido. Sus pasos eran pesados, se sintió un poco mareado. Decidió sentarse en una de las bancas del parque. Quería descansar un poco antes de ir a la oficina de autobuses.
Se sentó en la banca de concreto, recargando su cabeza en el respaldo, relajándose un poco, sintiendo el viento. Abrió los ojos para admirar un poco al paisaje; las personas caminaban despreocupadas, algunas hacían ejercicio, niños jugaban en la zona de arena, parejas paseaban de la mano, unos viejecitos platicaban de los buenos tiempos cerca de él. Suspiró con melancolía, recordado aquellos tiempo cuando él y Tom solían ir a ese parquecito a pasar las tardes, comer un helado, platicar del futuro… Tantas cosas que le traían hermosos, pero amargos recuerdos.
Ya era hora de irse, lo sabía, pero no quería. Una opresión en el pecho se hizo presente, esa misma opresión que sentía cuando veía a Tom, ese nerviosismo de ver a la persona que amas. Frunció el ceño, hacía años que no sentía eso. ¿Qué pasaba?
Se levantó rápidamente, quería huir de esa sensación casi olvidada. Caminaba entre la gente como si éstas no existieran. Las lágrimas salían de sus ojos y ni siquiera sabía por qué… Pero su respuesta fue respondida cuando vio a lo lejos, en la última banca, esa que siempre compartía con el amor a su vida, a una persona bastante conocida. Su corazón se detuvo. No sabía si era producto de su imaginación o si en verdad estaba ahí, tranquilo, sonriendo. Llevaba una venda en la cabeza y un traje de soldado, una maleta descansaba a sus pies y seguía igual de cómo lo recordaba, a excepción que su piel era ahora muy oscura, su cabello era rubio y corto.
Su corazón de paralizó, siguió sus instintos y corrió hacia aquella persona, limpiaba las lágrimas que le impedían ver con claridad.
–– ¡Tom! ––Gritó sin pensarlo. Le importaba muy poco si aquella persona era producto de su imaginación.
Aquella persona al escuchar un nombre volteó enseguida… su corazón palpitó como hace mucho no lo hacía. Era él… ¡Era él! Se levantó de inmediato, jamás olvidaría aquella silueta y aquel rostro angelical. Lucía más maduro y tal vez más delgado, pero aquella sonrisa y rostro nunca le cambiarían. Corrió tanto como sus piernas le permitieron, aún estaba lisiado de una rodilla, pero no le importaba, quería tenerlo entre sus brazos de nuevo, sentir su aroma y lo suave de su piel.
–– ¡Tom! ––Gritó mucho más fuerte al darse cuenta de que su mente no lo traicionaba, aquella persona corría también hacia él… Era Tom, Lucy tenía razón, Tom había regresado.
Cuando quedaron a escasos centímetros, no se detuvieron, simplemente extendieron los brazos y con la misma intensidad de sus pasos se abrazaron. No les importó nada, ni el dolor por el impacto, ni el tiempo que no tenían en verse, las preguntas que flotaban en el aire.
––Dios mío, te extrañé tanto ––decía Bill entre sollozos. Las personas se les quedaban viendo con ternura, los dos lloraban, esta vez, de felicidad––. No puedo creer que en verdad estés aquí… ¡Estás aquí!
––Estoy aquí, flaquito… Estoy aquí y jamás me volveré a ir ––esa voz que tanto extrañó por fin volvía a susurrar palabras cálidas a su oído, de nuevo sintió ese temblor que le causaba el escucharlas. De nuevo se enamoró de Tom. Por fin, después de ocho años sin verse, sintió esa seguridad, esas ganas de que el futuro llegara y que lo pudiera afrontar al lado de la persona que quería.
––Te amo ––por fin, por fin volvía a decir esas palabras de nuevo. Se sentía poderoso, feliz, seguro.
––No puedo creer que me sigas amando después de haberte dejado solo por tanto tiempo… No merezco tu amor, flaquito… Sin embargo, me alegra saber que aún sientas amor por mí, pues yo nunca dejé de amarte… Cada noche te recordaba, tus cartas y fotos me hacían sacar fuerzas de donde no las tenía y seguir ––las lágrimas de Bill seguían descendiendo por sus mejillas, no podía soltar a Tom, no quería hacerlo.
––Shh… No digas nada… ––y sin más sintió como Tom posaba sus labios sobre los suyos. El beso era desesperado y tan añorado. Bill enredó sus brazos en el cuello de Tom, cerró los ojos y se dejó llevar por esa sensación de mariposeo en el estómago que hacía tanto no sentía. Sintió como Tom lo abrazaba de la cintura y lo elevaba un poco en el aire. De nuevo se sentía como una colegiala dando su primer beso. Nunca pensó volver a probar esos deliciosos y seguros labios. Nunca pensó volver a sentir la felicidad. Nunca pensó volver a tener a la persona que pensaba perdida para siempre, de nuevo entre sus brazos.
–
––Ella es Lucy, cariño… Es tu… hermana ––los ojos de Tom brillaron, por fin, después de tanto, conocía a esa pequeña criaturita que dejó cuando se fue. De inmediato la abrazó. Lucy mostraba una sonrisa enorme, sabía que ese momento iba a suceder. De nuevo su papi Bill sonreía de nuevo.
–
––Buenos días, Tomi…––se sentía tan bien despertar con un cálido cuerpo a su lado. Bill se sentía pleno, de nuevo vivo.
––Buenos días, flaquito ––era extraño estar de nuevo en casa. Estar de nuevo con Bill entre sus brazos, ser otra vez una feliz pareja, de nuevo tener sus besos sólo para él. Jamás pensó volver a ser feliz… volver a verlo a él; la persona que más ha amado en su vida.
La noche anterior habían hecho el amor infinidad de veces. Esa sed que habían guardado durante tanto tiempo, la saciaron en una noche. Tom le comentó a Bill por todo lo que pasó: las muertes, lesiones, heridas graves. Le dijo que cuando lo declararon muerto había sido porque no lo habían encontrado después de un ataque a las tropas enemigas, los cuales le habían secuestrado y mantenido en cautiverio durante poco más de dos años. Después había escapado y refugiado en un pueblo que no conocía. Afortunadamente, no supo cómo, pero fue rescatado por su país. Ahora se había retirado, no quería volver a la milicia nunca más. Fue asignado a un rango superior, por lo que no tenía que combatir nunca más… El pago era muy bueno, demasiado, así que no tendrían que preocuparse por dinero.
Tom se había ido a vivir con Bill al pequeño departamento, quería empezar una nueva vida con su flaquito. Lucy insistió que ella se quedaba con su papá Michael que, después de que Tom apareciera, lo procuraba más. Bill se sentía celoso, pero al final de todo; Michael era el verdadero padre de Lucy.
Bill subió rápidamente de peso al tener a Tom a su lado cuidándole todo el tiempo, su anemia mejoró, terminó el semestre que le faltaba de la universidad y se graduó como diseñador gráfico. La vida le sonreía de nuevo. Otra vez sentía ganas de vivir.
Tom salía todas las mañanas a trabajar, él se quedaba en casa, pues Tom le sugirió que dejara de trabajar, que él le iba a dar todo, que ya no se tenía que esforzar; que siempre lo iba a cuidar. Bill aceptó, pues estaba un poco harto de trabajar. Era relajante tener tanto tiempo libre. Sentir que ya no cargaba una tonelada de responsabilidades, deudas, enfermedades y estrés sobre sus hombros.
Quién diría que ese Ex-novio por el que tanto sufrió y que creía muerto, regresaría y le haría de nuevo inmensamente feliz.
Caminó hacia su habitación. De nuevo estaba parado frente a su armario, de nuevo se paró de puntitas y alcanzó la familiar caja blanca con bolitas negras. Otra vez se sentó en el suelo, y empezó a sacar los recuerdos. Esta vez sacó de su bolsillo una foto reciente, de un día después de que se reencontró con Tom, sus caras reflejaban amor y felicidad… Esta vez, en el pie de la foto puso: MI NOVIO. Las letras eran mayúsculas y un corazón adornaba el final de las palabras.
Entonces comprobó las palabras de aquella pequeña niña que le dio fuerzas cuando más lo necesitaba: cuando se pierde la esperanza, entonces un milagro sucede.
Tom estaba de nuevo a su lado, ya nada estaría mal. El milagro por el que tanto había esperado sucedió.
















woow que bonito <3 enserio, esta muy lindo n_n
aww, este one estuvo super conmovedor para mí!, me gustó mucho <3
Awww me he muerto! esta super lindo!
Awwwwww!! estuboo genialisissiissima!!! la ammee!!:D super super guayyy!!! :’D
esta muy guay la foto de tom me encanta sobre todo el capi esta muy bien xd=B!!!!!