Siempre hay una primera vez.
Apenas se atrevía a mirarlo. Separo la mano que aferraba su hombro y la dejo caer. De repente se sentía agotado. El simple hecho de permanecer ahí de pie, frente a el, le parecía un esfuerzo insostenible. Buscando algún apoyo para no caer rendido pego su espalda contra la pared y se estremeció. Estaba muy fría en contraste con su piel desnuda y fue un pequeño alivio a su ardor. Casi había olvidado que estaba desnudo, que ambos lo estaban. Hacia horas que se habían encerrado en aquella habitación de hotel para encontrar, al fin, una respuesta. Era el momento, lo habían decidido juntos la última vez que pudieron hablar a solas, entre besos y lágrimas. No estaban seguros, claro que no. Pero ahora Bill podía sentir el cálido aliento de su hermano en el cuello y ya no le importaba nada más. El mundo, como tantas otras veces, comenzaba y terminaba entre las cuatro paredes de una habitación de hotel. De cualquier hotel, de cualquier ciudad. Siempre la misma habitación, siempre el mismo deseo implacable.
Tras miles de caricias, lamentos, reproches y tiernas palabras de consuelo estaban cansados, excitados. Se miraron ansiosamente y fue Tom quien dio un paso adelante, aferrándose a la pequeña cintura de su gemelo y enterró los labios en el hueco de su cuello. Bill lo abrazo desesperadamente, acercándolo a su cuerpo tanto como pudo. Amaba el calor que irradiaba su carne como una luz envolvente y el conocido aroma almizclado que desprendía en esos momentos de intimidad. Sus caderas entrechocaron y ambos gimieron al sentir el ardor de sus erecciones en contacto. Con un suave y firme balanceo se frotaron el uno junto al otro en una presión casi intolerable, cada vez más deprisa, cada vez con más urgencia. Tom sentía las uñas de su hermano recorriendo la línea de su sexo duro y ardiente, arrancándole un fuerte gemido. Bill temblaba entre sus brazos con la mirada perdida, gimoteando agudamente cuando hicieron el roce más rápido e intenso. Una capa de fino sudor los mantenía aún más unidos.
Enseguida, un familiar desasosiego se asentaba en la base del estómago, acelerando los movimientos. Un intenso calor intentaba liberarse y transformarse en un estallido de puro placer. Estaban justo en ese doloroso límite.
Entonces lo supieron, era el momento de dar un paso que no tenía vuelta atrás.
En otras ocasiones, al llegar al borde del orgasmo, aliviaban su tortura con una masturbación mutua que los dejaba satisfechos y manchaba las sabanas con un tibio rastro de culpa. Pero ya no era suficiente, ya no.
Ahora necesitaban poseerse por completo, sin los límites que ellos mismos se habían impuesto. Necesitaban devorarse, consumirse, aniquilarse el uno al otro hasta no dejar más que la piel y los huesos. Las soflamas morales a estas alturas no significaban nada. Tenían que asumirlo, se amaban demasiado. No podían seguir batallando contra las leyes del mundo ellos solos. Era una lucha enfermiza que solo podían perder.
“Tú eres todo mi mundo” —susurro Bill a su gemelo, buscando sus ojos.
Tom suspiro, intentando controlar la respiración que agitaba su pecho, y le devolvió una mirada cargada de angustia.
“Joder, esto no está bien” —dijo separándose trabajosamente de su hermano pequeño—“Es mejor dejarlo aquí” —musito apenas, con la voz rota.
Bill se quedó frente a él, sudoroso y jadeante. Ladeo un poco la cabeza, y lo contemplo despacio, como si fuera la primera vez que veía su cuerpo delgado, suavemente musculado. Recorrió su piel pálida y transparente, perlada de sudor, el sexo alzado con arrogancia ante sus ojos hambrientos, y se detuvo en sus largas restas doradas que caían sueltas, enmarcando un rostro tan idéntico al suyo como un reflejo invertido. Observo como retorcía las manos y se estremecía, presa de un escalofrió. Algo en su expresión le hizo recordar a aquel niño que se asustaba por las tormentas.
En su vida había visto algo tan hermoso.
Traspasado por el deseo, sintió que sus piernas casi no le sostenían. Le dolía hasta la sangre, la misma que compartía con Tom. Estaba desesperado. Ya no podía más.
Acerco sus largos dedos a los labios de su hermano y los acaricio con una ternura infinita— “Yo solo te amo” —hablo bajito, con los ojos bajos, y, dándole la espalda, recorrió el corto espacio que lo separaba de la cama fingiendo una calma que estaba muy lejos de sentir.
Desenredo un poco las sabanas y se dejó caer sobre ellas, roto por los nervios. Se hizo un ovillo en el colchón, cubriéndose la cara con las manos. Solo quería hundirse en la fresca blancura de aquella cama hasta desaparecer por completo, hasta que no quedara un solo átomo que lo recordara. Evaporarse. Para siempre. En ese momento no sonaba tan mal. Cualquier destino parecía mejor que vivir aniquilados por la culpa y el remordimiento.
Si, hacerse una bolita, hundirse, desaparecer, olvidar.
Sin embargo su cuerpo comenzó a desperezarse. Elástico como un felino, se estiro a lo largo, entre las sabanas, rodando hasta quedar boca arriba. Deslizo los brazos a ambos lados de su cintura y abrió las piernas con un gesto sensual.
Cerró los ojos, se humedeció los labios… Y espero.
Podía notar la mirada de Tom como una huella candente en la piel, siguiendo cada uno de sus movimientos. No podía estar más desnudo ni más expuesto que en esa cama, inmóvil por su propia voluntad y ofrecido a los ojos de su hermano gemelo. Esa era su elección y ya no había vuelta atrás.
Sentía arder sus mejillas de vergüenza y el doloroso palpitar de su sexo que suplicaba el alivio de sus manos. Pero no se movió. Siguió esperando.
Tom no podía despegar los ojos de Bill. Todo su cuerpo era una invitación para los sentidos. Su figura pequeña, frágil y flexible se abría ante él, rendido de antemano a sus caricias. La decisión estaba en su mano, ya que la respuesta de Bill temblaba en su carne desnuda.
Era su hermano y lo amaba, lo bebía como al agua cada día, lo respiraba como al aire. Era su dicha y su alimento, lo necesitaba para vivir.
Pero tenía miedo de romper las reglas.
Borrando algunas lágrimas de un manotazo se acercó a la cama en silencio.
El corazón de Bill dio un salto cuando noto que el colchón se hundía bajo el peso de otro cuerpo a su lado.
“Al fin” —jadeo. Y abrió los ojos.
Se entregaron a un abrazo dulce y posesivo, de reconocimiento, de aceptación.
Uno frente al otro, brazos y piernas enredadas, manos y lenguas agiles surcando, saboreando, arrancando gemidos y suspiros de satisfacción.
“Tomi… Yo… Te necesito dentro de mí” —balbuceo Bill con los ojos entornados, acurrucándose en su pecho.
Tom asintió y, dejando un breve beso en su cuello fue a abrir la maleta para buscar lo necesario. Aquel botecito de vaselina que habían comprado en tiempos inmemoriales en un arranque de pasión, y que nunca habían estrenado, los hizo sonreír de complicidad.
Se colocó de rodillas entre las piernas abiertas de Bill y comenzó a acariciarlas, intentando tranquilizarse. Eran muy largas y suaves. Sus manos ascendían por las rodillas, deslizándose por la cara interna del muslo, donde la piel se torna aún más dulce. Llego la hora, tenía que atreverse. Se mordió el labio inferior ansiosamente, hasta casi hacerlo sangrar. Los violentos latidos de su corazón lo ensordecían, estaba confuso, mareado. La duda lo golpeo de nuevo, no podía, no debía hacerlo. Pensó que esas manos que tocaban lujuriosamente a su gemelo no eran las suyas. Se sintió totalmente perdido.
Bill pudo sentir en el pecho la angustia de su hermano. Había una conexión entre ellos que iba más allá de las palabras. Estaban atados por lazos intangibles desde antes de nacer, entre ellos no era posible el engaño. Sintió que Tom estaba completamente perdido.
Se incorporó con presteza y gateo hasta él. Tomo su cara con ambas manos y lo obligo a girar hasta que sus ojos se encontraron.
“Bésame, Tomi, por favor” —susurro, a ras de oído, acercándole sus labio entreabiertos.
Era la primera vez que lo pedía desde que se habían encerrado en aquella habitación, hacia siglos ya, clavando en la puerta el cartel de ‘Don’t disturb’.
Tom miro esa boca anhelante, llena de promesas. En ella estaba su redención.
Loco de deseo la reclamo como suya, poseyéndola profundamente con la lengua, deleitándose con los roncos gemidos de su hermano, compartiendo el mismo aire hasta querer morir así, ahogados y felices,
Bill clavo las uñas en sus hombros intentando infundirle el coraje necesario para seguir adelante. De repente, su rostro se ilumino.
Sin separar los labios, empujo a Tom suavemente hacia atrás hasta dejarlo tumbado boca arriba y se sentó a horcajadas en su cintura. Se inclinó sobre su boca, ahondando más el beso y pellizcando sus pezones hasta hacerlo jadear y reír. Aligerando la tensión.
“Tomi, déjame intentarlo” —dijo animadamente, con la voz un poco quebrada.
“Pero, yo pensé que… Tu querías… “—murmuro con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
“Yo solo te quiero a ti” —contestó, dejando un beso mimoso en sus labios— “Deja que yo me encargue’
“Si Billa, joder, pero yo… “—intento objetar, todavía sobresaltado por el cambio de planes.
“Venga, todo irá bien”—Sus largas pestañas aleteaban, enmarcando una mirada arrebatadora que solo su gemelo tenía el privilegio de ver.
“¿Estas intentando seducirme, hermanito?”—deslizo su cuerpo hasta dejarlo sentado justo sobre su sexo, haciéndole sentir su rigidez y su ardor.
Bill sacudió la cabeza y ronroneo a su contacto.
“Si, mi lindo Tomi. ¿Crees que lo estoy consiguiendo?”—dijo con aire inocente, mientras movía sus caderas con deliberada lentitud.
“¡Soy todo tuyo!”—gimió, ya entregado a su abrazo, sin reservas. Se aferró a Bill como si temiera perderlo, disfrutando al sentir el peso de su cuerpo. Cada curva de sus caderas, cada línea de su estrecha cintura, se alineaba con las suyas en una unidad perfecta. Sabía que haría cualquier cosa por ese guapo chico que descansaba la cabeza en su pecho y le contagiaba su sonrisa.
Bill no quiso alargar más el momento y tomo posiciones a los pies de su hermano, abriéndole las piernas y arrodillándose entre ellas.
Enredo los dedos el rubio vello de su vientre y le beso y succiono las ingles en un gesto que ambos adoraban. Enseguida afianzo la mano derecha en la base de su miembro, recorriendo la punta húmeda y resbaladiza con el pulgar, notando como sus caderas saltaban involuntariamente.
“¡Oh, joder!”—gruño Tom al ver como enterraba la nariz en sus testículos lamiéndolos, acariciándolos con todo su rostro, deleitándose con su aroma caliente y dulzón. Sin darle tregua, introdujo la punta de su sexo entre sus labios y comenzó a succionar sin apartar los ojos de ese cuerpo que se agitaba, de esa garganta jadeante de placer.
“Dios mío Billa… Tu boca es… Eres…”
Bill gimoteo dulcemente y trago más y más profundo con cada respiración. Se concentró en aumentar la presión, cerrando sus labios en un apretado círculo en torno a su miembro, cada vez más hinchado, arrastrando el piercing de su lengua por toda su dureza palpitante.
Tom guiaba la cabeza de su gemelo con los ojos cerrados, entre espasmos incontrolables.
“Billa… Billa…”
“Sabes muy bien, Tomi”—susurro, con una mano aun en su sexo, pasándose la lengua por los labios rojos e hinchados. Sus ojos relumbraban y un encendido rubor teñía su fino rostro y su pecho. Tom sentía que si lo miraba un solo instante se correría sin remedio.
Lo siguiente que noto fueron unos dedos agiles que exploraban sus nalgas y un beso lento en el que descubrió su propio sabor. No sabía si estaba preparado, pero estaba dispuesto a dejarse llevar.
Al intentar abrir el botecito de vaselina, Bill se dio cuenta que tenía las uñas demasiado largas. Miro sus manos, perfectamente manicura das, e hizo un pequeño puchero. En cinco segundos, con ayuda de sus dientes, el problema estaba solucionado.
Hundió tres dedos en el frio gel y empezó a masajear su entrada en espiral. Tom doblo las rodillas y se giró a un lado, ofreciéndole un mejor Angulo. Bill lo agradeció en silencio, centrándose en no hacerle daño. Consiguió introducir el índice, pero estaba muy contraído, su cuerpo se quejaba, no aceptaba la intrusión.
Volvió a intentarlo mientras lo distraía con pequeños besos.
“Sssshh Tranquilo”—repetía una y otra vez, aunque no sabía si le hablaba a su hermano, o a sí mismo.
Moviéndose despacio, introdujo el segundo dedo, profundizando más. Una lagrima rodo por la almohada sin que Tom pudiera evitarlo.
Con los puños apretados, intentaba resistir el punzante dolor. Al roce del tercer dedo, una ráfaga de placer sacudió su columna como un rayo. Fue solo un momento, pero al sentir la vibración de sus caderas, Bill siguió adelante con mayor confianza.
“Creo que estoy preparado”—dijo Tom, aparentando firmeza.
“¿Estás seguro, de verdad?”—musito, preocupado.
“Pues no”—repuso, guiñándole el ojo. Bill sonrió y le saco la lengua con descaro, su piercing brillando en la penumbra y derritiendo a Tom.
“Me muero por ti Billa, no puedo esperar más”—dijo, ansiosamente, recibiendo un tierno beso por respuesta.
Enseguida quiso girar hasta ponerse boca abajo, suponiendo que era la mejor postura para ambos, pero Bill se lo impidió.
“No, no, por favor. Déjame verte”— dijo con un leve tono de inquietud.
Gateo por la cama buscando algunos cojines y los apilo como pudo bajo las caderas de Tom, elevadoras. Parecía cómodo. Con un suspiro le abrió las piernas y comenzó a penetrarlo muy despacio, notando como se tensaba cada vez más. Detuvo su avance para que se fuera adaptando y siguió cuando se relajó un poco, llegando a lo más profundo. La cabeza le daba vueltas, no lo podía creer, estaba hundido en sus entrañas como tantas veces había soñado. Sentía su interior tan cálido, tan estrecho, que quería gritar. Pero al rostro de Tom lo oscurecía una mueca de dolor.
“Tomi me siento tan bien en ti”—gimió dulcemente. Tom reprimió un quejido y sonrió. Intentaba abandonarse al tímido vaivén que su gemelo había iniciado, pero no podía. Lo que empezó siendo una molestia era ya un dolor que quemaba más a cada movimiento.
Bill lo tomo por las caderas, atrayéndolo y alzándole las piernas hasta apoyarlas sobre sus hombros. Hacia lo posible por compensar su falta de experiencia. No sería el mejor amante que su hermano pudiera encontrar, es cierto, pero todos sus sentidos estaban centrados en complacerle.
Las primeras embestidas fueron débiles y erráticas. El calor aumentaba por segundos y se ramificaba en descargas eléctricas que recorrían sus cuerpos unidos. Poco a poco los envites eran más fuertes y Tom no pudo controlarse más. Un ronco lamento araño su garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas. A Bill se le paro el corazón. Si en ese momento el mundo hubiera estallado en mil pedazos no le habría importado. Se deslizo sobre el hasta alcanzar su rostro, llenándolo de besos, lamiendo sus lágrimas.
‘Tom te amo… Te amo… Tomi… Te necesito tanto… Aguanta un poco más… Mi amor… Estamos muy cerca… Tomi, no llores… Tomi…”
No podía dejarlo así. Si Tom no disfrutaba tanto como él todas las dudas, las discusiones, la frustración acumulada y la esperanza…todo lo que les había llevado hasta esa cama habría sido en vano. Ambos lo sabían.
“Sigue Billa”—dijo, agitando la pelvis como una señal.
Obedeció, intentando adaptarse a un ritmo tolerable para los dos. Atrapo su sexo con delicadeza y comenzó a masturbarlo. Casi de forma instintiva los compas de las manos y de las caderas se ajustaron en una misma cadencia. De pronto, en una profunda embestida, sintió que las piernas de Tom temblaban. Algo en su interior se ilumino con una súbita llamarada. Realmente estaban muy cerca. Los suaves lamentos se mezclaron con gemidos de placer. El cuerpo de Tom comenzaba a reaccionar, retorciéndose y temblando bajo sus caricias.
“Oh Tomi… Dios… Si te vieras… Que hermoso… Dime si estás bien… Tomi… Dime…!
Y la respuesta llego, más rotunda que cualquier palabra. Un espasmo de placer sacudió su cuerpo, arqueando su espalda, calcinando cada fibra de su ser. Todos los músculos se contrajeron a la vez en torno a su miembro y esa ardiente presión los arrastro de la mano al borde del delirio
Bill empujo más y más hondo, gimiendo muy alto, perdiendo el control de sus movimientos. Compartían una felicidad más allá de la piel, una felicidad como nunca habían sentido. Con una última embestida, Bill estallo dentro de su hermano en un éxtasis total y cayo derrumbado sobre su pecho. A Tom le basto sentir ese dulce peso para correrse entre los dedos de Bill con un te amo casi gritado…
Fin.
















oh fuckin god!!!
es lo MEJOR que he leido en sexo ajaja
esta muy romantiko :)
Beautiful <3 , Meee encanto .
Deberias escribir mas one shot's
ahiiiii no ai cosa mas hermosa q el twincest y las dulces tokitas q lo escriben muero me encanta *—* genial mui lindo bezito
wow que bonito me encanto