Asfixia.
La tarde siguiente volvió al bosque.
De pronto el destino había jugado con cartas marcadas, justo cuando menos lo esperaba.
Una simple llamada de teléfono lo cambió todo..
(De más pequeño le aterrorizaba imaginar que un día cualquiera la directora del colegio irrumpiera en mitad de la clase, lo llamara seriamente por su nombre completo y lo sacara del aula para anunciarle la muerte de sus padres en un sangriento accidente. Siempre había presentido que el mundo, su mundo, podía estallar en un instante. Lo que dura una llamada de teléfono).
El padre de Tom estaba presentando su último libro en una ciudad próxima a Ungeheuerburg. Su idea era dar un par de conferencias que tenía pendientes, y luego recoger a su familia para volver juntos a la ciudad, pero una mala caída lo dejó con el fémur hecho pedazos y una fuerte conmoción tendido en una cama de hospital.
Simone hizo la maleta enseguida y reservó dos billetes para el primer tren que la llevara junto a su esposo. El abuelo notó el estado de nervios de su hija, no podía dejarla ir sola con Tom, al fin y al cabo era solo un niño. Decidió que lo mejor en aquel momento era que él mismo la acompañara en el viaje, su nieto estaría bien al cuidado de la abuela. Para no agravar el ánimo triste y preocupado de su hijo, Simone decidió levantarle el castigo en su ausencia, con una condición: que no visitara lugares peligrosos. El chico abrazó intensamente a su madre, gritándole en silencio que podía confiar en él—.Ya no soy un niño. Cuida de papá —le dijo con firmeza justo antes de verla marchar.
Esa tarde Tom se sintió agotado y triste. Sabía que el estado de su padre no era alarmante, pero en su pecho revivía ese mal presentimiento que no le dejaba descansar por las noches. Pensó en Bill, en sus enormes ojos cuajados de estrellas. Su recuerdo lo consolaba, ni él mismo podía explicarse porqué
Tenía que volver a verlo. Necesitaba volver a verlo.
Cumpliría la promesa que le hizo, y no rompería la que había hecho a Simone porque, ¿qué peligro podía correr junto a Bill? Él conocía todas las trampas escondidas del bosque, a su lado no correría ningún riesgo. Estaba seguro de su decisión, pero muy en el fondo se sentía culpable de estar pensando en ese extraño chico mientras su padre estaba sufriendo. Lo dominaba un nudo de sentimientos contradictorios que no sabía controlar, eran demasiado nuevos para él.
Simone llamó en cuanto pudo ver a su marido y hablar con los médicos. El padre de Tom había recuperado la conciencia, aunque seguía en observación. Abuela y nieto suspiraron casi a la vez, aliviados. Lo peor ya había pasado, si salía bien de la conmoción las fracturas solo necesitaban tiempo para soldar.
Tom se sintió más ligero después de hablar con su madre, tanto que cogió al vuelo su mochila y gritando un alegre —¡Vuelvo enseguida, abuela! —se encaminó al bosque.
Comenzaba a hacer frío, muy pronto el otoño cubriría los árboles con su capa de oro viejo… pero él no estaría allí para verlo. Se rebujó en su gruesa sudadera, buscando el montículo de piedra con la cruz grabada. Tenía que confiar en su suerte.
Si lo encontraba, el camino a la cabaña de Bill sería más sencillo, o al menos eso creía. Caminó durante horas sin rumbo fijo, dejándose llevar por el instinto, el karma o esa jodida fuerza superior que lo atraía hacia Bill con más fuerza que el deseo, pero fue inútil. Los altos matojos de espino parecían salir de la nada, cerrándole el paso por momentos, arañándole las manos al intentar apartarlos. Crispadas raíces atravesaban el sendero, haciéndole tropezar. No reconocía los parajes que atravesaba, la vegetación era cada vez más espesa, solo los pedazos cielo que veía a través de las copas de los árboles le daban un respiro a su angustia. Por la creciente oscuridad que lo envolvía dedujo que estaba llegando al corazón del bosque.
Se asfixiaba.
Allí mismo, en mitad de ninguna parte, Tom se rindió, dejándose caer al suelo como un saco de patatas. Cerró los ojos. Respiró profundo. Un fuerte olor a tierra inundó sus sentidos, notó el peso de su cuerpo tendido sobre ella, el rítmico compás de su corazón.
Bill olía a tierra, Bill también olía a tierra.
No debía buscarlo, solo podía encontrarlo.



















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